El bosque

Eran las 5 de la tarde.
Sentí un inesperado impulso por salir a hacer una caminata.
Era noviembre y el clima ya era frío.
 
Crucé la carretera y me dirigí al bosque.
Había algo en mí que necesitaba soledad.
No tomé ningún sendero,
preferí experimentar y diseñar mi ruta.
 
De inmediato, sentí la sombra de los árboles y
mi pensamiento comenzó a vagar sin sentido.
No lo detuve. Dejé fluir el azar y lo inesperado.
 
Cuando había recorrido cerca de un kilómetro,
divisé a unos 50 metros una pequeña plazoleta.
Me sorprendí.
Al acercarme por completo vi que había dos bancas rústicas
de madera vieja, ancladas a en un antiguo piso de ladrillo
 
Pero esto no fue lo que me sorprendió.
En una de las bancas estabas tú,
leyendo al viejo Jaime Sabines
en la segunda estrofa de los amorosos.
 
Mi llegada sorprendió tu lectura
y súbitamente cerraste el libro
para voltear sobre tu hombro derecho
y descubrir que era yo. Otro caminante ensimismado.
 
Intercambiamos saludos y nos preguntamos ¿qué hacíamos ahí?
Soy un pensador libre -dije-.  Me sumerjo en el vino de la poesía
y ya embriagado, escribo sin la locura humana.
Yo vengo a este sitio recurrentemente a encontrarme con los poetas.
En la intimidad de este bosque,
sus estrofas me enseñan del amor, la belleza y libertad.
 
Nos encontramos en una mirada profunda y sonreímos.
Eran después de las 6 de la tarde
cuando supe aquel día que no había salido a caminar
sino a encontrarte.

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