Antes de la muerte

Jaime Gómez Castañeda (2020) Antes de la muerte

Hace cuatro años, mi papá fue a una revisión dental. La dentista notó algo extraño en la cavidad bucal y de inmediato recomendó hacer ciertos estudios para descartar alguna enfermedad relacionada con su competencia. Mi papá ya no regresó al consultorio, las valoraciones le determinaron cáncer de laringe.

Las familias recibimos la noticia con asombro. Pensamientos y emociones, emociones y pensamientos, comenzaron a aturdirme en los momentos menos esperados del día; preguntas sin respuesta me quitaban la atención por horas, y la idea de quedarme sin padre, de vez en cuando aparecía. Pero era algo que no le tomaba importancia, más bien, me enfocaba en cómo ayuda a superar esa crisis.

Mi hermano médico, se encargó de seguir al pie de la letra todo el procedimiento de atención médica a nuestro padre. El supo perfectamente a qué institución llevarlo y como debíamos asumir médicamente la situación. El resto de mis hermanos, y él también, estuvimos organizándonos para escapar de las obligaciones laborales y llevar a mi papá a citas de quimio y radioterapia. Aquel año de intenso tratamiento médico, pasó de todo. Con oscura tristeza, vi como el cáncer lo consumía poco a poco: se le cayó el pelo, adelgazó, su color de piel se tornó un tanto pálida, le surgió una papada inusual, su voz se puso borrosa, la alimentación se redujo a licuados y uno que otro hot dog o hamburguesa; día y noche, emprendía una batalla sin fin con las flemas en su garganta. Su descanso se trastornó severamente -imagino que conciliaba el sueño cuando caía en un estado de verdadera inconsciencia en el que las flemas seguían ahí, pero era tanto el cansancio que su cerebro daba la orden de “no molestar, por el amor de Dios”-. Su andar era lento y vestía su ropa habitual con un gorro en la cabeza. En una ocasión, me levanté temprano para llevarlo a una consulta a la ciudad de Guadalajara. Estaba ahí, en la sala, sentado a unos 4 metros del televisor, bien abrigado con su gorro y unos guantes. Me impresioné porque no era la imagen de mi papá que conservaba años atrás. Aquella, era la de un hombre fuerte, sostenido en músculos forjados por los trabajos que a él le apasionaban profundamente y que nos dieron porvenir: ser albañil, fontanero, electricista, agricultor, carpintero, soldador y mecánico. En fin, era todo. Y el cáncer lo había desfigurado al extremo. Aquella vez, viajamos en punto de las 3 de la mañana. Noté que mi papá se sintió cómodo en el coche y durmió la mayor parte del viaje. Recuerdo que, a 20 minutos del viaje, sentí un pie con calcetín en la codera de mi auto, ahí me di cuenta de que mi papá estaba descansando.

En se año de múltiples torturas, principalmente para mi padre; en las familias nos dábamos confianza y esperanza apoyándonos en la fe, por eso, se dieron los viajes a lugares sagrados en la región y celebraron decenas de misas por la recuperación de mi padre.

No había días sin especulación en las familias, hasta que mi hermano médico las borraba explicándonos la interpretación del tratamiento que recibía mi padre. Su opinión, fría y directa, era la verdad en la que algunos no queríamos creer por completo. Mi padre estaba muriendo, pero nadie lo daba por sentado.

¿Qué hacía mi papá durante ese período de tratamientos y cambios físicos? Él siguió conduciendo su camioneta S10, modelo 1998 y trabajando dentro de sus posibilidades: dedicó tiempo a fabricar juguetes de madera, asadores de metal, cultivar caña de azúcar, tejer gorros y sillas, armar puzles de suficientes piezas… El cáncer no destruyó su creatividad y su inventiva, mucho menos su estado de buen humor y temperamento. Jamás le vi deprimido, tanto en la enfermedad, como en ausencia de ella. Nunca vi una muestra de debilidad; sí era verdad que su cuerpo y alimentación eran otros, su personalidad se mantenía intacta. Yo era el que interpretaba debilidad, desánimo, tristeza, abatimiento, donde nunca existió, ni en el ocaso de su vida.

Al final de ese año, el cáncer cedió. Fue una noticia extraordinaria que nos hizo muy felices. Seguíamos teniendo papá. De inmediato, mi padre comenzó a recobrar más energías, le creció el pelo, su papada desapareció y poco a poco iba incorporando sus antiguos hábitos alimenticios. Al parecer, el trago amargo había pasado y se volvía a la normalidad. Cerramos el año con abrazos y buenos deseos.

Pasados 2 o tres meses, notamos que mi papá comenzaba con los síntomas iniciales. Uno de los primeros, fue el cambio de voz. Algo no estaba bien. En esta segunda etapa de estudios especializados se detectó el regreso del cáncer de laringe, esta vez, con mayor intensidad. Aunque los oncólogos sugerían extirpar la laringe y dejar a mi padre sin voz, él no aceptó y decidió someterse a los tratamientos ya conocidos: la quimio y radioterapia. Se le ordenó una semana completa de quimioterapia intensa como tratamiento paliativo rápido y eficaz. No resultó. Al final de esa intervención, ya en casa, mi padre tuvo un infarto severo que casi lo llevó a la muerte. En la familia todos creímos que era el fin. Yo estuve con él en la sala de urgencias y no podía creer lo sucedido. Aunque pasó por mí mente la idea del fallecimiento de mi padre, eso no era concebible; yo estaba junto a él, de hecho, me tomé una selfi junto con dos de mis hermanos y nunca imaginé estar sin él, solo vagaba por mi mente la frase “se recuperará”. Una conversación sobre la partida, el final de la vida, una despedida, nunca estuvo en mi itinerario mental. O no tenía el valor, o era demasiado ingenuo par no ver lo evidente, mi padre estaba al borde de la muerte.

Cuando regresó mi padre a la clínica acostumbrada, le controlaron su situación en la medida de lo posible y recomendaron descanso total. Ya en casa de mi segundo hermano mayor, le vino otro infarto sorpresivo, el cual mi hermano supo controlar con la técnica de reanimación cardiopulmonar. Mi hermano nos lo trajo unos días más.

Qué días tan extraños aquellos. En mi caso, no sé mis hermanos, no seguía apareciendo la palabra muerte. Vivía esas semanas con tanta inexperiencia que no hice nada para amortiguar o contener lo que llegaría. Ni los libros leídos, ni la preparación profesional, ni la fe me ayudaron a dimensionar la posible falta de alguien en la familia. Vez un puzle que le hace falta una o dos piezas, sabes que puedes conseguirlas o quizás fabricarlas para ver la obra completa y a veces, te da igual lo incompleto y no haces nada por completar el puzle, simplemente ves que le hace falta una ficha y te importa un carajo. En una familia que está a punto de quedar incompleta, no te preparas para ello y cuando llega el momento de mirar el espacio vacío que dejó tu familiar, no hay sustituto, solo autoengaños mentales para lidiar con las emociones y no perder la razón. Eso, en caso de perder a alguien con gran apego emocional. Si no hay apego, quizás te daría lo mismo que mirar el puzle incompleto: indiferencia.

Después de ese segundo infarto, su salud se agravó drásticamente mientras él luchaba por su vida a cada momento. Como podía, ingería sus licuados, jugos o agua, aunque muchas veces esos líquidos salían por sus fosas nasales. En una ocasión, le acompañé al baño de la clínica pero no para hacer sus necesidades sino para alimentarse. El lavamanos era el lugar perfecto para tomar su licuado ya que, si se derramaba, caía a la porcelana y no escurría el piso. Esa escena me conmovió al borde del llanto y me dio una lección de entereza. Luchar siempre, siempre por la vida, por vivir.

Cuando mi padre fue internado debido al segundo infarto, estuve organizándome con mis hermanos para cuidarlo. Mi padre ya no podía hablar, se comunicaba escribiendo. Su brazo izquierdo estaba canalizado con diversas sustancias. Ese brazo no parecía de él, sino el de un moribundo alimentado por vía intravenosa. Ya no podía ingerir por su garganta. Una enfermera muy amable, llegó e inyectó en el mismo brazo a mi padre, y cuando lo hizo, mi padre no mostró ningún tipo de reflejo al pinchazo, el rostro de mi padre estaba cansado, con una mirada perdida, con sueño, desvelado, harto, pero con deseos de seguir, de no dejar a su familia. Así lo demostró día y noche cuando él solicitaba que le trajera una bebida Delaware, un te o agua. El siempre dijo que la vida entra por la boca.

Entre mis hermanos, de repente abríamos la conversación que nadie quiere hacer en esos momentos: mi papá ya está cansado, no hay remedio, ¿a quien le tocará? No había respuestas. Mi hermano médico seguía los diagnósticos al pie de la letra y sus esperanzas ya no estaban sostenidas por casi nada. Según los demás hermanos, incluso mi mamá, aceptábamos el hecho del fin inminente, pero lo hacíamos de los dientes para a fuera. Nadie entendía completamente la magnitud de lo que estaba por venir.

En mi tiempo de cuidador, fui testigo de la muerte de una persona también por cáncer, estaba en una cama en frente de mi papá. Mi padre se dio cuenta y solo movió la cabeza en dos sentidos.

¿Qué se platica entre un padre y un hijo en la antesala de la muerte? Yo intenté improvisar una conversación a cerca de una probable despedida, pero mi padre me dijo que ya había hablado con mi segundo hermano mayor. Interpreté que el tema estaba agotado. No fue cómoda su respuesta para mí, pero la acepté. ¿Quién soy para forzar un tema tan delicado con alguien que presiente el final? Que absurdo de mi parte, pero qué oportuna mi intención. Muy mal, si no lo hubiera intentado.

Los días y las noches de una semana pasaron y mi padre comenzaba a partir.

Mi padre dormía por episodios, ya no las horas corridas. La última noche que me tocó cuidarlo, no recuerdo la hora, mi padre despertó asustado y con los ojos abiertos totalmente en señal de asombro, dijo con voz borrosa y casi inaudible: “me voy a morir”. Yo toqué su cabeza y pelo, lo invité a descansar. Ya no descansó, su mirada se clavó en algo que le impidió dormir de inmediato. Veía que forzaba sus párpados para dormir. Imaginé que una sensación de terror invadía su mente y cuerpo.

Al día siguiente, por la mañana, mi hermano mayor y yo estuvimos cuidándolo. Recibí la indicación de comprar una medicina. Cuando regresé, mi hermano le estaba dando un licuado a mi padre, él volteó a verme y colapsó. Se fue su alma, la energía de su cuerpo, como si alguien la desconectara abruptamente. Me acerqué con rapidez, le puse su mascarilla de oxigeno e intenté reanimarlo golpeando un poco su espalda. Vi su saturación de oxígeno en su dedo y éste estaba en color negro, las palmas de sus manos mostraron el mismo signo. Mi padre ya no respiraba, mi padre ya no estaba ahí, mi padre se había ido para siempre. Aunque recibí indicaciones de unas enfermeras de que siguiera haciendo golpecitos en su espalda, no hubo reacción. Lo acosté y salimos del espacio para que mi padre recibiera reanimación. Cuando salimos, alcancé a escuchar a una de las enfermeras que dijo ¿ya falleció verdad? y otra contestó: Si. Después de 5 o 10 minutos me hablaron para decirme lo que nadie quiere escuchar nunca. “Hemos hecho las maniobras de reanimación y todo lo que está a nuestro alcance, pero no fue suficiente.  Le informo que su papá ha fallecido”. La doctora me regaló un abrazo. Di la noticia a mi hermano médico y enseguida a mi familia. Pasamos mi hermano mayor y yo ver a nuestro padre, lo tocamos y soltamos a llorar en ese abrazo que nadie quiere darse. Poco después, llegó mi segundo hermano mayor, toco a mi padre y dijo “todavía está calientito” y soltó a llorar.

Antes de la muerte, ¿Quién piensa en ella? ¿Cómo reconocerla? ¿Cómo asimilarla? ¿Cómo prepararnos para recibirla si nos han acostumbrado a vivir? ¿Cómo aprender a sentirla aún cuando no está presente? ¿Cómo aceptarla como un hecho cotidiano? ¿Cómo aprender a vivir sin el otro, cuando todavía no se ha ido? ¿Cómo dimensionar el lugar vacío en la familia antes de que aparezca?

Gracias estimada(o) lectora(or) por su lectura. Le invito a descubrir las respuestas a esas interrogantes con nuestro(a) invitado(a) especial, experto(a) en tanatología en el siguiente capítulo de podcast Nota del Autor. No se la pierda.

Hasta la próxima, Nota del Autor.

10 comentarios sobre “Antes de la muerte

  1. Después de leer (conocer ) tu experiencia no sé cuál sea el calificativo para una persona como yo, que sigue sin pensar en esta posibilidad por la cual todos pasaremos, a pesar de dos experiencias anteriores, sigo teniendo una barrera que no quiero que me deje ver la realidad pues pienso que algún día veré a mis hermanos, entonces pensar en la pronta o lejana (Dios quiera) realidad de irnos adelantando aún no está en mi mente. No obstante todo eso, hago eventualmente ejercicios orales con mi familia sobre la no eternidad en este mundo aunque no les parezca mi iniciativa, pues así como no estuvimos un tiempo, llegará el momento de no volver a estar aquí de nueva cuenta.
    Solo pido a Dios que cuide y proteja a mi madre y a mi padre.
    Mucho aprendizaje con tu relato.
    Saludos Jaime.

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    1. Gracias cuñado y padrino por leer. Comparto la esperanza de volver a encontrar a los seres queridos que ya no están con nosotros, mis familiares y mis cuñados que me hubiera encantado conocerlos. Casi crucé caminos con ellos, porque llegué a Autlán en el 97. Considero que es muy bueno eses ejercicios orales que prácticas, todos deberíamos hacerlos, para de alguna manera, prepararnos a lo inminente. Un gran abrazo a tu familia, se les extraña.

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  2. Me queda tan marcado ENGAÑOS MENTALES, mu papá acaba de fallecer profesor y su historia la hice mía por unos minutos y más cuando la muerte llega tan sorpresiva, gracias y gusto saludarle por este medio

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  3. qué triste leer todo esto, Jaime. no podemos asimilar la muerte de un momento al otro. cuando tuve 31 año, murió mi esposo en un accidente, y recuerdo cuánto tiempo infinito me tomó asimilar y entender el final. pero en cierta edad muchos de nosotros empezamos a entender cabalmente esta cualidad de la vida — su temporalidad, y muchos dejamos de aferrarse a la vida partiendo poco a poco, haciéndonos la idea de nuestro final — lo que no es normal en la juventud o la madurez, pero natural en la vejez. es difícil ignorar la idea de la muerte en la edad avanzada. la mayoría de las personas que vivieron una vida larga y buena, llegan al momento de partir en paz. más doloroso es para aquellos que se despiden — este dolor nos acompaña por años, quizá, por todo el resto de la vida y lloramos estas pérdidas incluso en nuestro propio lecho de muerte. dichosos son los que pudieron vivir todas las etapas de vida que en potencial podemos vivir. un abrazo y mis condolencias, Jaime.

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