Frankenstein: desafío y abandono

Si mi memoria no me falla, en 1997 vi la película Frankenstein de Mary Shelley (1994) en formato VHS -la que protagoniza Robert De Niro-. En aquel entonces, no fue mi primer encuentro con la ciencia ficción, desde niño me ha atraído ese género en sus diferentes temáticas. Yo creo que la ciencia ficción es una extensión, más elaborada, del pensamiento mágico infantil. Me atrevo a decir, que una enorme cantidad de personas en el mundo hemos hecho millonarios a escritores y cineastas que producen ciencia ficción, gracias a nuestro impulso infantil insaciable de experimentar, al menos lo que dura una cinta, un libro o un verso, una realidad ficticia que nos haga felices o que dibuje escenarios de lucha entre el bien y el mal.

Estimada(o) lectora(or), probablemente usted no le agrade en lo más mínimo la ciencia ficción: no desperdiciaría su valiosa tarde en la saga del Señor de los anillos, o en el montón de películas del universo Marvel y DC, mucho menos, en invasiones extraterrestres y ni que decir, de leer a Julio Verne. Estaré totalmente de acuerdo con usted. La intención de este artículo no es convencerle de interesarse por la ciencia ficción, más bien, le invitaré a reflexionar sobre dos temas que no son ficción hoy en día, y que son abordados en la novela ficticia de Mary Shelley, Frankenstein.

Frankenstein de Mary Shelley se publicó el 1 de enero de 1818, hace casi 203 años. Le comentaba que en 1997 miré la película; yo estaba iniciando el primer semestre de la licenciatura en psicología, así que solo fue una cinta más que disfrutaba. En 2016, después de haber leído Drácula de Bram Stoker, sentí una motivación tremenda por leer las obras de los monstruos más emblemáticos del cine, entonces fui a la biblioteca de mi trabajo y solicité Frankenstein de Mary Shelley. Quince días me bastó para encontrarme en las letras con Frankenstein de 1818. Y como ocurre siempre, después de haber leído una obra que fue adaptada a la pantalla grande, se termina por quitar crédito a esa versión y ensalzar el texto original.

Pues bien, estimado(a) lector(a), le comparto que en 2016 mi mente ya estaba más inquieta en comparación con la de 1997; tenía 14 años de psicólogo, 15 de profesor, 12 de psicoterapeuta y varios libros más; de modo que, no podía leer la obra así nada más, de corrido. Así que, al finalizar Frankenstein, reflexioné esos dos aspectos principales que ya le vengo anunciando y que, a mi entender, aborda Mary Shelley: vencer la muerte y las consecuencias del abandono de los padres.

La historia está ambientada en 1700, pleno Siglo XVIII, momento histórico en el que las ciencias experimentales crecían a pasos agigantados intentando dejar atrás el teocentrismo o la explicación del todo a partir de la religión. Se puede decir que Víctor Frankenstein representa a la ciencia que desafía de manera frontal al Dios que da vida, dando vida al monstruo que llamamos Frankenstein y que, en realidad, no tiene nombre en la obra. Ese Ser es construido por partes de diferentes cuerpos muertos y animado a través de un experimento que incluía: anguilas eléctricas, líquido amniótico, y conocimientos de la acupuntura china. Estimado(a) lector(a), si quiere conocer los motivos por los cuales Víctor Frankenstein se aferró a ese experimento, le invito a leer la obra completa.

Ahora, en pleno siglo XXI, el desafío sigue en pie, pero ya no creo que sea al Dios que da la vida, sino al ego humano y a las fronteras del conocimiento científico; y no se trataría de hacer un Ser como el de Frankenstein, sino, llegar a ser amortales. Aclaremos que el tema de vencer la muerte no empezó con Frankenstein, ya es una inquietud añeja, de milenios; me atrevo a decir, que data desde el politeísmo. La humanidad ha hecho casi de todo para ganarse la eterna juventud, pero no ha tenido el éxito. Lo cierto es que, gracias a los descubrimientos de la medicina moderna, sí se le ha ganado algunos años a la expectativa de vida.

El mundialmente conocido Dr. Yuval Noah Harari cita en su libro De animales a dioses, breve historia de la humanidad:

Expertos en nanotecnología desarrollan un sistema inmune biónico compuesto de millones de nanobots que habitarían en nuestro cuerpo, abrirían vasos sanguíneos bloqueados, combatirían a virus y bacterias, eliminarían células cancerosas e incluso invertirían los procesos de envejecimiento. Algunos científicos serios sugieren que hacia 250 algunos humanos se convertirán en amortales (no inmortales, porque todavía podrían morir de algún accidente, sino amortales, que significa que, en ausencia de un trauma fatal, su vida podría extenderse indefinidamente) (Harari, 2014: 299-300).

Le comparto otro dato interesante:

En 2013 Google puso en marcha una subcompañia llamada Calico cuya misión declarada es resolver la muerte (…) Google Ventures invierte el 36 por ciento de los 2.000 millones de su cartera de valores en nuevas empresas biotecnológicas, entre las que se encuentran varios ambiciosos proyectos para prolongar la vida (Harari, 2016: 36)

Estimada(o) lectora(or), es claro que la ciencia eligió el sendero que le ha dado mayores resultados a lo largo de la historia para alargar la vida más que regresarla de la muerte: el conocimiento científico. Esperemos llegar al 2050 y si aún no se ha descubierto la fórmula para la eterna juventud, al menos le habremos ganado unos años más a la famosa expectativa de vida, porque habrá más tratamientos médicos que seguramente erradicarán muchos padecimientos que en la actualidad matan a millones de personas. Hasta aquí el primer tema que reflexioné con la obra de Frankenstein: la eterna lucha contra Dios o la naturaleza por seguir viviendo más años y negarse a la muerte. El ser humano es un obstinado por naturaleza.

El abandono parental

¿Había pensado, estimado(a) lector(a) que la historia de Frankenstein, más que estar montada en la idea de revivir un muerto, gira en torno al abandono emocional? La verdad, yo nunca pensé eso, cuando vi la película en el 97. Hoy, cuento con las lecturas necesarias para defender la posibilidad de que el Ser que creo Víctor Frankenstein fue víctima del abandono de su padre y por eso desarrolló una personalidad disfuncional. ¿Qué diría Mary Shelley de lo que acabo de escribir? Ni tengo idea, pero si estoy seguro de que, la construcción literaria, por más ficticia que parezca, proviene del mundo conceptual de una persona. Esa persona tiene una historia personal y vive en un contexto determinado donde salen a escena innumerables circunstancias, entre ellas, situaciones funcionales y disfuncionales. Las(os) escritoras(es) constantemente ponen en palabras aderezadas las realidades que atestiguan.

Víctor Frankenstein sufre la muerte de su madre y después la de uno de sus maestros. Esta muerte le impulsa a crear un experimento que devuelva la vida a las personas. De manera clandestina, reúne materia muerta y construye un cuerpo, al que después de dos intentos experimentales, logra dar vida. Cuando Víctor Frankenstein se da cuenta que su experimento tuvo éxito, se asombra y de inmediato rechaza lo que ha creado: un Ser aparentemente disfuncional y asimétrico en sus facciones. El Ser, temeroso del rechazo, huye del laboratorio y se esconde en una cabaña. En ese sitio, de manera discreta, ayuda a la familia con su cosecha. Mientras tanto, comienza a recordar que sabe hablar y tocar una flauta. Por un incidente, el Ser se marcha de la cabaña y busca a su creador. A continuación, le comparto un fragmento del encuentro que tuvo el Ser con su creador Víctor Frankenstein. El extracto es tomado de la película de 1997 Frankenstein de Mary Shelley:

  • Ser: Tú me diste estos sentimientos, pero o me dijiste cómo usarlos. Ahora, hay dos personas muertas… por nuestra causa ¿Por qué?
  • Víctor Frankenstein (VF): En mi alma está pasando algo que no comprendo
  • Ser: ¿Qué pasa con mi alma? ¿Tengo una? ¿o sea, es una parte que omitiste?
  • Ser: ¿Quiénes eras las personas de las que estoy compuesto? ¿Personas buenas? ¿personas malas?
  • VF: Materiales, nada más que eso.
  • Ser: Te equivocas. ¿sabías que sé tocar esto? (flauta) ¿En qué parte de mí reside esta habilidad? ¿En estas manos? ¿en esta mente? ¿en este corazón? ¿y el habla, y la lectura…?
  • Ser: no tengo cosas aprendidas, sino cosas recordadas.
  • Ser: ¿Alguna vez pensaste en las consecuencias de tus actos?
  • Ser: Me diste la vida y luego me abandonaste a la muerte.
  • Ser: ¿Quién soy yo?
  • VF: Tu… No sé.
  • Ser: Y tu piensas que soy malo
  • VF: ¿Y qué puedo hacer?
  • Ser: Hay lago que deseo: Un amigo. Un compañero, una hembra, alguien como yo. Para que no me odie.
  • Ser: Sé que por la simpatía de un solo ser viviente… haría las paces con todos. Dentro de mí hay un amor… que apenas puedes imaginar, y hay una rabia que no llegarías a creer. Si no puedes satisfacer al uno, complaceré al otro.

Mi interpretación psicológica diría que: el Ser, vivió el rechazo de su padre desde el primer día de su nacimiento. Lo abandonó, privándolo del apego seguro que puede proveer el vínculo paternal. El abandono parental de ambos padres o de alguno de ellos, ha sido estudiado incontables veces por diversas escuelas psicológicas. Uno de los estudios pioneros fue el que llevó a cabo Bolwby (citado por Rifkin, 2010:76) con niños huérfanos de la Segunda Guerra Mundial. Las consecuencias del abandono parental son el apego ansioso con sus variadas formas. En concreto, una persona que vive el abandono se desarrollará, aunque no siempre, de manera disfuncional; es decir, tendrá dificultades para relacionarse armónicamente con los demás. Los vínculos amorosos que trate de formar serán débiles e inseguros. En sí, andará por la vida con una educación emocional inestable y careciendo de la fortaleza de los vínculos primarios (paternales) de los que no se nutrió. En el peor de los casos, la personalidad podría manifestar serios inconvenientes para adaptarse a los distintos entornos. En la ficción de Mary Shelley, el Ser comienza siendo bueno y cuando se enfrenta a la realidad del abandono termina siendo el monstruo que todos conocemos en múltiples versiones.

La investigación de este psicoanalista es referente hoy en día para comprender los vínculos entre las personas; sin embargo, no se descartan otras interpretaciones psicológicas, ya que casi todas, con algunas variantes, señalarán los mismos daños que puede producir el abandono parental.

Estimada(o) lectora(or), le recuerdo que las conclusiones psicológicas no son determinantes, recuerde que la personalidad se construye de manera multicausal. Habrá personas que vivieron el abandono, pero son perfectamente funcionales porque revirtieron los daños de alguna forma.

Por otra parte, la historia de Mary Shelley puede despertar más preguntas para el análisis, por ejemplo, ¿el abandono tiene alguna relación con el origen de la maldad? ¿el abandono está relacionado con la conducta antisocial? ¿el abandono pronostica conductas monstruosas? etc.

¿Qué podemos concluir?

Cuidemos nuestra salud al máximo y vivamos intensamente la vida que tenemos. Si llegamos al 2050 quizás existan tratamientos nuevos para aumentar la expectativa de vida y quizás con eso habremos ganado una batalla más a la muerte.

Si hemos sufrido el abandono parental, pongámonos a trabajar en ello de inmediato. Existen diversos tratamientos psicológicos que reconocen la problemática y saben como ayudar para hacer de nuestra vida aún más funcional. Recuerde que el abandono no es una ficción. Puede tener diversas caras, pero al fin de cuentas, termina siendo abandono. El abandono que pronostica una vida emocionalmente inestable.

Gracias por leer, estaremos nuevamente en contacto en la siguiente Nota del Autor.

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Bibliografía

  • Ford, F. (productor) Branagh, K. (director). (1994). Frankenstein de Mary Shelly [cinta cinematrogràfica]. Japòn: Japan Satellite Television
  • Noah, Y. (2014). De animales a dioses, una breve historia de la humanidad. México: Debate.
  • Noah, Y. (2016). Homo Deus. Breve historia del mañana. México: Debate.
  • Rifkin, J. (2010). La civilización empática. México: Paidós.
  • Shelley, M. (1818) Frankenstein. Londres. Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones, Gradifco

2 comentarios sobre “Frankenstein: desafío y abandono

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