Ahí me hiere el recuerdo

Le dije a mi hijo Diego:

-Ayúdame a levantar el extremo de la mesa de billar y subámosla al coche.

Hacía dos días que habíamos pasado Navidad en la Casa de Abajo y regresábamos por algunas cosas. Entre ellas, esa mesa de billar de un metro y cincuenta centímetros de largo por 80 centímetros de ancho, además algunas cobijas que no cupieron en el viaje de regreso el mismo 25 de diciembre.

Después de subir la mesa de billar al coche, me dirigí al refrigerador y saqué tres cervezas. Aún faltaba hacer una parada antes de tomar la cinta asfáltica rumbo a Autlán. Le dije a mi hijo que subiera al coche mientras yo cerraba las puertas de la Casa de Abajo y la dejaba en el silencio de la soledad.

Al cerrar la puerta principal, di ocho pasos hacia atrás, observé la fachada y respiré profundamente, expulsando, a través de la exhalación, una mezcla de sensaciones y sentimientos nostálgicos, pues en esa casa habitan centenas de recuerdos de mi niñez, adolescencia y juventud; imposibles de entregar al olvido. Di un trago a mi cerveza y puse en marcha el coche.

Tomé la calle que nunca he sabido cómo se llama pues en un rancho uno aprende a orientarse de otras maneras más familiares, como “por donde vive…”, “junto a…” El nombre de las calles es totalmente irrelevante.

Luego, después de avanzar algunas dos cuadras y media, subí por una calle inclinada para enseguida, doblar a la derecha y dirigirme a la calle Morelos, la única calle en el Rancho de San Agustín que sé su nombre y que me lleva a la casa de mis abuelos paternos. Esa era la última parada.

Mientras me acercaba al domicilio, mi vista se llenó de colores y formas ensombrecidas. De inmediato, en fracciones de segundos, mi mente comenzó a hacer comparaciones entre el pasado y el presente. Mis ojos no paraban de moverse en distintas direcciones: a un lado, al otro, abajo, arriba, diagonal, horizontal… y luego se detenían para contemplar los cambios en las construcciones, provocados por la voluntad de hombres desconocidos por mí.

Me detuve a escasos tres metros del inicio de la finca, tomé mi cerveza y di un trago mientras terminaba la convulsión que experimentaba tras aquel encuentro con la casa de mis abuelos y parte de su vecindario. Mi hijo Diego no hizo ningún comentario. Cuando terminé de pasarme el trago le dije apuntando hacia la casa:

-Ahí vivieron mis ninos hace algunos años.

Mi hijo se sorprendió un poco y solo siguió observando.

Bajé del auto con la cerveza en mi mano y cerré la puerta. Puse la bebida en el cofre del coche, subí a la banqueta y comencé a caminar rumbo a la casa. Observé que la casa de mis ninos estaba casi, en el abandono total. No era nuevo darme cuenta de eso, pues tenía claro que mi Tío Ramón, fallecido en el 2009 fue el último que la habitó junto a mi tía Marina (quien aún vive). Mi nino Chema murió en 1998 y mi nina Pachita en el 2003.

Había mucho zacate crecido, tanto en el empedrado que comienza en la banqueta, como en los perfiles entre la banqueta y las paredes de la fachada. El margen inferior de la puerta principal lo cubrían unas ramas bien prendidas al suelo. Las arranqué con dificultad.

El frente de la casa lo componen: paredes de ladrillo pegados en forma lateral, sin enjarre, mucho menos pintura; una puerta principal, dos ventanitas, y al lado de la ventana derecha, una puerta, que anteriormente era de madera, ahora de metal. Al lado de la ventana izquierda está una puerta de ingreso al corral. Ese conjunto de estructuras metálicas pintadas en un color azul cielo, pero ya quemado por el sol.

Caminé al otro extremo de la casa, ahí donde está esa segunda puerta y tomé algunas fotos. Enseguida, di algunos 30 pasos en línea diagonal para quedar en frente de la casa. Saltó a mi mente la frase “ahí me hiere el recuerdo”, si “ahí me hiere el recuerdo”. Que frase tan directa y sincera nos regaló José Alfredo Jiménez para darle voz al corazón y honrar a los seres queridos que nos abrazaron una y otra vez con su cariño, compañía y amor ¿cómo no sentirse herido(a) por su partida? Imposible entregar al olvido a nuestros seres queridos que atestiguaron nuestra infancia, adolescencia y juventud.

Hice un giro lento de 360 grados para mirar un poco más los detalles que ahora dan forma al presente: el pequeño lote que daba al frente de la casa, ahora está sobre él una casa bien construida. En ese pedazo de tierra, había un pequeño árbol, el cual subíamos de vez en cuando para divertirnos. En el fondo estaba un tejabán con un montón de cosas viejas, todo expuesto, ya que ese lote solo contaba con una red perimetral y una puerta improvisada de palos. En ese espacio, recuerdo… jugábamos hermanos y primos. No recuerdo con exactitud, pero la pasábamos bien haciéndole de exploradores, coleccionistas y quien sabe qué tantas cosas. La imaginación de un niño es tan grande como la extensión del universo.

Por un momento, me sentí viejo. Todo a mi alrededor parecía tan diminuto. No correspondía a las dimensiones del pasado imaginado. Por ejemplo, en frente de la casa, donde mi papá acostumbraba a estacionar el Ford Fairmont o su Chevy camioneta, ahora, era un sitio pequeño. La calle misma, pensaba que se había encogido. Tardé unos minutos en reacomodar la memoria dimensional de un niño y adolescente y la de mi Yo adulto.

Junto a la maleza que creció sin control a las afueras de la casa, había restos de basura. Sentí pena porque en mi mente no encontraba una imagen de aquella casa con tanta basura en el exterior. Volvió a mi la palabra “abandono”. Afortunadamente, en medio de esa basura, estaba una bolsa negra grande. Fui por ella e hice una limpieza profunda. En ese instante, qué más podía hacer por esa casa que me prestó su techo para alimentarme, reír, descansar y disfrutar a mis ninos.

Después de recoger la basura, recordé que traía la llave para ingresar al corral. Fui por mi cerveza, que ya se estaba terminando y entré al corral. Aquel sitio era un montón de maleza seca, cortada al filo de un machete. A seis pasos de la puerta, en línea recta, había un rastro de cenizas, como de una fogata, pero más que para calentarse, para quemar tanto pastizal invasor. A mi lado izquierdo había unos cuartitos hechos de adobe que se usaban como pequeñas bodeguitas; ahora, ni rastro había de su existencia. Al frente de mi, a unos 5 o 6 metros, había un ciruelo, que daba frutos muy dulces; ahora, solo ramas y zacate suplantaban su lugar.

Usando como referencia el ciruelo extinto, a lado derecho, unos 5 o 6 metros, un imponente órgano de pitayas, como de unos 6 a siete metros de altura, que en esta temporada es estéril. ¿Cuántos años ha de tener ese cactus ahí? Quien sabe… lo cierto es que, tiene más años de los que ahora conformamos la familia. Esta planta de apariencia arbórea ha sido testigo del paso de muchas vidas a su alrededor. Junto a esa planta frutal se encuentra un par de chiqueros que realmente nunca les vi funcionar como tal, más bien, como una especie de regadera improvisada para bañarse; ahora, solo ruinas.

La casa tiene un lavadero – lavatrastes de piedra, que la conecta con el corral, así mismo una ventana pesada que se debe sostener con un palo para que no se cierre de golpe.

Me acerqué a la pila de ese lavadero y vi que su agua era verde. La ventana es de cristales transparentes. Uno estaba quebrado -quizás por golpe de una piedra-; por esa quebradura metí mi brazo y con la cámara de mi celular tomé algunas fotos y video. El interior de la casa lo componen una pequeña salita – comedor, a la derecha está un cuarto y éste se conecta con otro a través de una pequeña puerta cuyo marco es oval. También se puede ingresar a ese cuartito por la segunda puerta de la fachada de la casa. Recuerdo que en ese cuartito mi nino Chema guardaba la silla para montar su caballo. Volviendo al ingreso de la casa, nos encontramos con un pasillo horizontal. En su parte derecha está la cocina y en el fondo de ésta, un pequeño espacio para tortear -como extraño los burritos de masa que me hacía mi nina-. Junto a la estufa, puede notarse una repisa donde se ponían trastes o condimentos. Bajo la repisa, a unos 80 centímetros de altura, está una barra-pretil pegada a la pared, ahora diríamos “tipo desayunador”, en aquel entonces sería “Tipo almorzador”. Era común que mi papá y tío Ramón comieran sus alimentos en esa barra. Eso si, no se sentaban de frente a esa barra, sino de lado.

Al lado izquierdo, en el fondo, a la derecha, un sanitario con cortina y sin regadera, y al lado de éste un pequeño cuarto, donde dormían mis ninos.

Es una casa construida por mi nino Chema, con sus pocos conocimientos. Se puede notar que no hay ángulos perfectos y los niveles del suelo son incorrectos, por ejemplo, un cuarto está a dos escalones de altura y la entrada a la cocina a uno. Tiene un techo bastante alto de teja. Nunca supe para cuántos integrantes se construyó esa casa, es decir, si vivían todos mis tíos y tías ahí o ya se habían casado algunos, no lo sé. Lo que sí se, es que es una casa muy humilde, de personas pobres. Que ahora está en las manos del oscuro deterioro.

Cuando grabo en video el interior, siento un nudo en mi garganta y cómo la tristeza ensombrece mi rostro. Una casa llena de vida, con olores diversos como: el de unas tortillas hechas a mano, un café matutino, una leña generando calor y sirviendo para la cocción de los alimentos, el de unos frijoles aguaditos guisados con manteca de puerco para acompañar con chicharrones, el inigualable olor de guisado de costilla en domingo, salsa de jitomate amortajada en ese pequeño y sencillo molcajete y el aroma que liberan los frijoles recién cocidos en la olla de barro. Todo esto, más la sensación del calor que solo producen los cuerpos de las personas que nos quieren consentir a cada momento cuando estamos de visita: los ninos o los abuelos.

Inesperadamente, mi hijo me descubre haciendo esa grabación y me dice:

-Papá, hay que venir más seguido aquí.

Yo contesto:

-Si, lo haremos.

Salimos del corral. Tomé más fotografías y subí la bolsa de basura al auto para llevarla al lugar adecuado.

Uff… ahora me doy cuenta de que, cuando fui niño y adolescente, nunca pensé en este futuro. Desde luego hay muchos motivos que me hacen ser feliz en este presente pero también, hay otras situaciones que aplastan el romanticismo en el que quisiéramos vivir siempre y nos recuerdan que solo somos pasajeros en un tren llamado vida y que algún día llegaremos a nuestro destino.

En memoria de:

José María Gómez Bañuelos  y Francisca Pérez Galindo,

Ramón Gómez Pérez

8 comentarios sobre “Ahí me hiere el recuerdo

    1. muy hermoso tío la vd ir leyendo paso a paso yo iba recordando lugar x lugar tengo mucho que no me paro ahí no es miedo lo que siento simplemente los recuerdos de mis ninos asen que me llege la nostalgia gracias tío por sus hermosas palabras

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  1. Wowwww tío, pero que hermoso le quedó su relato!!! En el momento que iba leyendo iba recordando paso a paso cada momento que pase ahy con mis ninos!!! Gracias por hacer esto!! Lo felicito de ❤️…. p.d no quería llorar pero no aguante!!!!

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    1. Diana, gracias por leer. Encontrarnos con el recuerdo tiene destellos tristes pero también luminosos, porque recordamos a los seres que nos regalaron cariño, amor y su compañía desinteresada. Ahí nos hiere el recuerdo porque hubo mucho amor que nos ayudó a crecer. Un abrazo Diana.

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