Mi viaje a la luna

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Aún recuerdo mi último viaje a la luna. Les cuento: Aquel, era un día con pronóstico de lluvia, pero ésta no llegó, afortunadamente. Solo había algunas nubes grises y un viento fresco que corría en todas direcciones.

Eran las 4 de la tarde cuando abordé el último transporte a la luna del sábado 28 de agosto de 2035. No me encontraba tan emocionado como la primera vez que viajé, -ustedes saben: la curiosidad de lo nuevo, salir del planeta a dar la vuelta por ahí, emular lo que hizo Neil Armstrong en 1969, tomar la foto de mi huella lunar y quizás, grabarme diciendo una frase épica-, pero sí me alegraba volver a sentir esa sensación tan extraña y placentera, de alejarme del todo, dejar a tras  la tierra y su historia enloquecedora, y estar en un sitio donde reina el profundo silencio y puede contemplarse la inmensidad del universo sin límites visuales.

Estando en la luna, nadie te controla, ni trata de seducirte a cada momento con la compra de productos superfluos cuyo objetivo es solo contaminar el cuerpo y asegurarte una vida con fecha de caducidad. Ir a la luna, era dejar atrás a ese hombre, que por alguna razón, no ha dejado de ser el hombre de hace 2.5 millones de años: cazador, territorial, ecocida y bélico. Aunque una pequeña parte de él le ha hecho desarrollarse científicamente y regalarse una vida más cómoda, la mayoría de sus genes siguen programando su autodestrucción.

Escuché la sirena de aviso para abordar. Por si no lo he comentado, estos viajes son individuales, aún no se han diseñado prototipos para transportar más personas. Tal vez se deba al poco o nulo interés de viajar al satélite, que, desde hace décadas, dejó de ser explorado al grado de considerarlo muerto, no apto para extender la vida humana. La luna fue el primer reto que puso a prueba el ingenio humano para salir de la tierra. Pasó sus mejores años entre la década de los 60 y 70; el astronauta americano Eugene Andrew Cernan fue el último hombre en pisar la luna, en modo exploración científica. Otro distractor que pone a la luna en último plano para visitar, son los viajes a Marte. Desde que se descubrió la forma de hacer habitable ese planeta, ahora todo mundo hace su “ahorrito” para ir a Marte. No dudo que, en la siguiente década, media tierra se mude con todo y sus defectos a Marte. Pobre Marte, otra víctima del hombre. Pero, siendo certero en mi juicio y dejando de lado esas dos justificantes del por qué ya nadie va a la luna, simplemente digo, que es porque la luna es un espacio ideal para el encuentro consigo mismo. Cosa que a la mayoría de las personas les importa un carajo, tal vez porque su mundo interior lo han cambiado por la seducción del afuera.

Les cuento, en la luna no hay señal para teléfonos inteligentes, no hay internet, solo hay una luz color verde que enciende y apaga indicando que hay un viaje disponible de regreso a la tierra; no existe el ruido que producen las ciudades industrializadas, mucho menos, la contaminación visual. Aquí se debe agradecer a la Unión de Exploración Espacial el no hacer de la luna una colonia de la tierra, hubiera sido desastroso, sino, dejar el satélite tal cual, como un símbolo de respeto que sacó parte de lo mejor del hombre para salir de la tierra. En la luna, no vamos a encontrar banderas, señales de conquista; no existen demarcaciones territoriales, no hay publicidad ni ofertas acosadoras; por lo tanto, no hay estereotipos que imitar, no hay símbolos religiosos, lápidas que señalen el clásico “aquí murió…”, tampoco el cliché “Aquí estuvo…”; no hay basura ni letreros que digan “cuida la luna” o alguna otra sugerencia para mantener el orden y buena compostura. Aunque sigue existiendo el tiempo como lo entiende el ser humano, en la luna no hay relojes que estén midiendo tu vida, tu permanencia, tu rendimiento; no existe el control humano, solo una gran e inmensa posibilidad para experimentar la soledad y olvidarte del ruido y las interpretaciones terrestres que tanto influyen en la forma de vivir.

La persona encargada del viaje me invitó a abordar cortésmente, yo agradecí el gesto y entré a la cápsula espacial. Esta era color plata -me imagino que es un detalle clásico de las primeras naves que alunizaron en los 60´s-; tenía forma de óvalo, como un huevo acostado; mi asiento estaba en dirección frontal hacia la parte ancha del óvalo. Un cristal bastante ancho me permitía tener una visibilidad de 80 por 60 centímetros. El interior tenía lo básico: algunos controles de emergencia, un sistema de comunicación, un traje espacial moderno bien doblado en una caja metálica; bajo mi lugar había un compartimento para transportar mi ropa y artículos personales; mi asiento era reclinable y  permitía visualizar una pantalla pequeña, arriba del cristal frontal, de 25 centímetros aproximadamente, no para el entretenimiento, sino como una herramienta de comunicación y monitoreo del trayecto -aclaro que estas naves no son piloteadas por el viajero, son controladas vía remota por la agencia espacial encargada de los viajes-. El asiento era bastante cómodo, permitía estirarse completamente y descansar. Había un botón digital que ponía la nave en estado de descanso para provocar en el usuario la sensación neuronal de sueño y reposo. El viaje a la luna, en velocidad máxima 40 600 km/h tenía una duración de 24 hrs.

Después, tomé mi asiento y me sujeté con los cinturones de seguridad; la persona encargada de enviarme a la luna me deseó “buen viaje” e informó que el trayecto era seguro, que estaría siendo monitoreado de principio a fin. Esto no era novedoso para mí, como había viajado tantas veces a la luna, ya sabía el protocolo a la perfección. La señorita cerró la escotilla y una voz al interior de mi cápsula describió las recomendaciones en caso de emergencia y me deseó un viaje exitoso y confortable. Terminó diciendo “gracias por elegir Agencia Espacial luna de octubre“.

La nave encendió su sistema de propulsión y una gran escotilla se abrió en el techo de la estación. Pude sentir como me elevé y tomé hiperimpulso. En el trayecto, dediqué algunas horas a leer textos sobre meditación, el silencio y algunas metáforas sobre el despertar de la conciencia. Les comparto que, entrando al espacio profundo, se experimentan muchas sensaciones y emociones raras, ninguna parecida a las que se viven como humano terrestre. Es algo verdaderamente único. A parte de leer, utilicé el momento para reflexionar lo que ha sido mi historia personal y el sentido que he dado a mi existencia. Les confieso, no es difícil centrar la atención en esos temas, cuando te encuentras solo, en la inmensidad del cosmos. La primera vez que viajé a la luna -aunque me preparé psicológica y físicamente para tal experiencia- me costó mucho asimilar la situación. Algunos viajeros me dijeron que experimentaron síntomas de ansiedad y pánico, a la vez que miedo intenso a perder la razón; escuché que alguien se estresó tanto que tuvo que ser regresado a la tierra unas horas antes de llegar a la luna.

En mis últimas horas 2 horas de viaje tracé un sencillo itinerario para vivir algunos días en la luna:

  1. Dormir lo suficiente.
  2. Alimentarme adecuadamente siguiendo todas las recomendaciones de la Agencia Espacial.
  3. Hacer caminata lunar todos los días para mantener la condición física y así lograr permanecer un periodo más extenso en la luna -hago resaltar que los viajes a la luna no tienen fecha de regreso, simplemente, el viajero puede decidir cuándo volver, sin embargo, no depende totalmente de él o ella esa decisión, ya que las condiciones corporales juegan un papel muy importante y si el cuerpo comienza a deterioraste, se debe pedir el regreso de inmediato.
  4. Cada caminata lunar será al azar, sin planear un sitio específico o seguir una ruta determinada. Cuando considere que es suficiente, me detendré y elegiré ese lugar para meditar y contemplar lo que hay a mi alrededor. Seré agradecido por estar con vida y llegar a ese punto de mi existencia.
  5. Seguiré una disciplina espontánea de interiorización que me permita enfocar la atención en mis sensaciones, emociones y pensamientos. Dejaré pasar todos mis pensamientos hasta que mi mente logre un estado de atención plena, sin pasado y futuro, sin máscaras, sin deseo, sin sufrimiento. Atenderé mi estado emocional, al punto de ya no ser perturbado por el sentir.
  6. Mi objetivo será descontaminar mi mente de las interpretaciones terrestres que la han enfermado, por ejemplo: la ilusión del éxito, de ser alguien reconocido, de pensar en seres sobrenaturales, creer en la vanidad y la riqueza, engañarme con la idea de las diferencias raciales, pensar que la felicidad tiene un precio, creer en la popularidad y en la fama como necesidad para sobresalir, en fin… trataré de vaciar mi mente de las interpretaciones absurdas y cómicas que reducen mi ser a un simple objeto manipulable sin libre albedrio e identidad.
  7.  Antes de dormir, dedicar un momento para contemplar el espacio y reconocer que soy un ser que requiere trabajar su ego y vivir de manera más humilde, disfrutando la sencillez de la vida.

El ambiente lunar, facilitar enormemente esa sencilla rutina. El silencio profundo y la soledad provee un camino ideal para el contacto consigo mismo. Los trajes espaciales, aunque son una barrera necesaria para no contactar con la atmósfera lunar, si son una excelente herramienta para escuchar y sentir la respiración, señal inequívoca de vida y vehículo esencial para contactar y regular el estado emocional. Sé que parece muy extraño recomendar la meditación en el contexto lunar, cuando se nos ha dicho por décadas que el mejor espacio para facilitar la atención plena son los espacios naturales, verdes, alejados de la urbe. Los neurocientíficos dicen que es el mejor espacio para desestresar al cerebro, sin embargo, se ha descubierto, gracias a múltiples experiencias de astronautas, que las condiciones de la luna también tienen efectos benéficos en la psique humana, por ejemplo: facilita estados de introspección, meditación, desestres, desapego y libertad. Claro, siguiendo algún tipo de disciplina.

Llegué a la luna. Mi nave aterrizó en una estación espacial que incluía 100 habitaciones, las cuales, muy rara vez se ocupaban en su totalidad. El único día en el año, que probablemente hay casa llena es el aniversario del “Primer hombre en la luna” (20 de julio de 1969), de ahí en fuera, como ya lo mencioné, a pocos o a nadie, le importa venir a la luna.

Cuando fui recibido por personal de la estación espacial me entregaron la llave del cuarto que había solicitado: el número 78. Era un espacio pequeño, contenía lo necesario: una cama, un pequeño buró con dos cajones, el primero de ellos incluía el libro Robinson Crusoe de escritor Daniel Defoe. Además, había un armario y un sanitario. En el espacio donde iría una pantalla televisiva, estaba una pintura, a una altura de 2 metros del suelo, que describía el primer alunizaje en 1969: la nave espacial anclada a la tierra lunar y una escotilla abierta por donde se le ve de pie y saludando con su mano derecha al astronauta Neil Armstrong.

El trayecto a la luna, aunque provechoso para la reflexión personal, fue exhausto. Entonces, me dispuse a descansar ya que el día siguiente me esperaba un sendero para encontrarme conmigo mismo.

Hasta la próxima Nota del Autor.

Escrito por

Doctor en Ciencias del Acompañamiento Humano, Psicólogo, Psicoterapeuta, Profesor (Universidad de Guadalajara), ponente en diversos eventos académicos. Un ser humano en constante crecimiento.

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