El repartidor de Sushi

─ ¡Buenas tardes! Koan Sushi, a sus órdenes:

─ Buenas, ¿me envía una orden por favor?

─ Sí, claro. Para nosotros es un gran gusto atenderle. Dígame por favor ¿qué desea recibir en su domicilio?

─ Mándeme un teriyaki, un rollo de filadelfia y dos más de camarón.

─ Correcto Señor. Anotado. ¿A qué dirección se lo envío?

­─ A Constituyentes #78. Está entre Corregidora y Lerdo de Tejada. Colonia Universitaria.

─ Muy bien Señor. Su pedido estará llegando en no más de 30 minutos. Si desea, le enviamos por whatsapp el seguimiento de su orden.

─ No es necesario, muchas gracias. Aquí los espero.

─ Le reitero, es un gusto tomar su orden y servirle. En 30 minutos llega su orden. Que tenga excelente tarde.

─ Buen tarde.

Eran las 3 de la tarde y Kun Fu panda nos sacaba el antojo a la comida oriental.

Como era costumbre, en lugar de tocar el claxon de la motocicleta repartidora, se escuchó el sonar del Gong, seguido de 5 segundos de música japonesa tradicional para anunciar que había llegado la orden. El servicio llegó 2 minutos antes de las 3:30. No era sorpresa para mí, pues conocía la puntualidad de Koan Sushi, así que, salí a recibir la orden y pagar.

─ Buenas tardes, Señor. ¿cómo está?  Le traigo su pedido.

─ Buenas tardes joven. Hambrientos jajajaja

─ Comprendo Señor.

El joven sonrió mientras me entregaba el pedido. Al final, me mostró la nota de venta y sacó su terminal bancaria. Ya antes había informado a Koan Sushi que pagaría con tarjeta. Cuando el chico me dio el aparato para digitar mi número de identificación personal, noté algo extraño en la vestimenta del mensajero. Pregunté:

─ ¿Puedo hacerle una pregunta joven?

─ Claro Señor, dígame…

─ ¿Por qué porta ese distintivo color amarillo en el brazo derecho? No recuerdo que su uniforme lo trajera.

─ Señor, es un símbolo ordinario, personal, que he elegido para recordarme la singularidad y trascendencia que posee cada encuentro interpersonal.

Con rostro de extrañeza, pregunté.

─ A ver, ¿cómo es eso?

─ Le comparto: cada encuentro que tengo con alguna persona, en el contexto donde sea, es único, irrepetible. Nadie sabe cuándo, dónde y cómo volveré a encontrarme a esa persona. Así como dijo el filósofo Heráclito nadie se baña en el mismo río dos veces, así mismo podría decirse de los encuentros interpersonales, nadie se vuelve a encontrar con la misma persona, menos, en circunstancias iguales. Así que, debemos vivir el momento existencial con autenticidad y responsabilidad, porque jamás volverá a repetirse. Si usted ordena otro pedido en otro momento, ya seremos más viejos, nos encontraremos con más conocimiento, inclusive, nuestro estado emocional será diferente; en lo que respecta a mí, aunque porte la máscara mercadológica de la empresa, mi estado emocional será otro. Tan impactante es este hecho que, aunque vivamos en el mismo pueblo, quizás sea la última vez que nos veamos. Entonces, creo que debemos resaltar la importancia de este encuentro, a veces tan común, como es el entregar un pedido. ¿No cree?

─ Entiendo, sí entiendo. ¿Cuál es su nombre joven?

─ Me llamo Diego, Señor, mucho gusto. ¿Y usted?

─ El gusto es mío Diego. Yo soy Jaime Gómez Castañeda. Veo que eres muy joven. ¿A parte de trabajar te ocupas en otra actividad?

─ Por las mañanas estudio la prepa Señor. Con este trabajo tengo la oportunidad de comprar libros de astrofísica y budismo.

─ ¡Que interesante Diego! ¿Tus papás no te apoyan económicamente?

─ Desde luego que sí, me apoyan al cien por ciento. Yo he elegido este trabajo para incrementar mis experiencias.

─ Me parece muy bien Diego, te felicito. Permíteme meter la comida y ahora regreso. No te vayas.

─ Espero Señor.

Cuando regresé, Diego ya estaba arriba de su moto, entendí que su tiempo era limitado y que lo había entretenido más de la cuenta.

─ Diego, quiero obsequiarte este libro.

Le entregué La teoría del todo: el origen y el destino del universo, de Stephen Hawking.

Con el rostro de un niño que recibe un regalo en navidad, Diego expresó:

─ Muchas gracias, Señor Jaime, es uno de mis científicos favoritos, precisamente estaba ahorrando para adquirir este libro. Se lo agradezco mucho.

─ Por nada Diego, me dio mucho gusto saludarte y conocerte un poco.

─ Igualmente Señor Jaime ¡que disfrute su pedido! Ya no lo entretengo.

Nos dimos un saludo final. Y mientras veía que arrancaba la moto, en mi mente resonaba aquel aprendizaje que recién había obtenido.

Cuando regresé de vacaciones a mi trabajo en la preparatoria, en el grupo de 5A matutino, que me fue asignado para impartir la materia de Diseño de plan de vida, encontré a Diego sentado esperando el comienzo de la clase.

Hasta la próxima Nota del Autor, querida(o) lectora(or).

Sígase cuidando por favor.

Autor: Jaime Gómez Castañeda

Doctor en Ciencias del Acompañamiento Humano, Psicólogo, Psicoterapeuta, Profesor (Universidad de Guadalajara), escritor, ponente en diversos eventos académicos. Un ser humano en constante crecimiento.

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