Mi viaje a la luna

Regina A. Gómez Aceves (2020) Mi viaje a la luna

Aun puedo recordar mi último viaje a la luna. Les comparto: aquel, era un día con pronóstico de lluvia, pero ésta no llegó, afortunadamente. Solo nubes grises y un viento fresco que corría en todas direcciones. Eran las 4 de la tarde cuando abordé el último transporte a la luna del sábado 28 de agosto de 2035. No me encontraba tan emocionado como mi primer viaje -ustedes saben: la curiosidad de lo nuevo, salir del planeta a dar la vuelta por ahí, emular lo que hizo Neil Armstrong en el 69, tomar una foto de mi huella lunar y quizás grabarme diciendo una frase épica- pero sí me alegraba volver a sentir esa sensación tan extraña y placentera, de alejarme del todo, dejar a tras  la tierra y su historia enloquecedora y estar en un sitio donde reina el profundo silencio; nadie te controla ni trata de seducirte a cada momento con la compra de productos banales, cuyo objetivo es solo contaminar el cuerpo y asegurarte una muerte fechada, que algunos llaman, “expectativa de vida”. Ahora que lo pienso, me emociona también alejarme de las personas que no tienen presente su pasado milenario y terminan actuando como nuestro antepasado africano, con un cerebro limitado solo para la caza y la recolección; un hombre territorial, ecocida y bélico, que actúa solo por el instinto de supervivencia. Sentiré mucho gusto observar ese punto azul que el viejo Carl Sagan llamaba tierra al pensar que en ese lugar habita una ilusión llamada hombre, que con sus millones de años aún no ha sabido vivir en paz consigo y con los demás. Quizás esta última idea sea la motivación principal para ir de nuevo a la luna.

Escucho la sirena de aviso para abordar. Por si no lo he comentado, estos viajes son individuales. Por alguna razón, aún no se han diseñado prototipos para transportar más personas. Tal vez, se deba al poco o nulo interés de viajar a un satélite que desde hace décadas dejó de ser explorado al grado de considerársele un lugar muerto, no apto para extender la vida humana. La luna pasó sus mejores años entre la década de los 60 y 70; el astronauta americano Eugene Andrew Cernan fue el último hombre en pisar la luna, en modo exploración científica. La luna fue el primer reto que puso a prueba el ingenio humano para salir de la tierra. Otro distractor que pone a la luna en último plano para viajar, son los viajes a Marte. Desde que se descubrió la forma de hacer habitable ese planeta, ahora todo mundo hace su “ahorrito” para ir a Marte. No dudo que en la siguiente década, media tierra se mude con todo y sus defectos a Marte. Pobre Marte, otra víctima del hombre. Pero, siendo certero en mi juicio y dejando de lado esas dos justificantes del por qué ya nadie va a la luna, simplemente digo, que es porque la luna es un espacio ideal para el encuentro consigo mismo, que a muchos les tiene sin cuidado; tal vez porque no hay ganancia económica o es innecesaria esa experiencia.

Les cuento: no hay señal para teléfonos inteligentes, no hay internet, solo hay una luz color verde que enciende y apaga indicando que hay un viaje disponible de regreso a la tierra; como usted se está imaginando también, no existe el ruido que producen las ciudades industrializadas, mucho menos, la contaminación visual -aquí se debe agradecer a la unión de exploración espacial el no hacer de la luna una colonia de la tierra, hubiera sido desastroso, sino, dejar el satélite tal cual, como una símbolo de respeto que sacó parte de lo mejor del hombre para salir de la tierra-. En la luna, no va a encontrar banderas, señales de conquista; no existen demarcaciones territoriales, no hay publicidad ni ofertas acosantes; por lo tanto, no hay estereotipos que imitar, no hay símbolos religiosos, lápidas que señalen el clásico “aquí murió…”, tampoco el cliché “Aquí estuvo…”; no hay basura ni letreros que digan “cuida la luna” o alguna otra sugerencia para mantener el orden y buena compostura. Aunque sigue existiendo el tiempo como lo entiende el ser humano, en la luna no hay relojes que estén midiendo tu vida, tu permanencia, tu rendimiento; no existe el control humano, solo una gran e inmensa posibilidad para experimentar la soledad y olvidarte del ruido y las interpretaciones terrestres que tanto influyen en la forma de vivir.

La persona encargada del viaje me invita a abordar cortésmente, yo agradezco el gesto y entro a la cápsula espacial. Esta es color plata -me imagino que es un detalle clásico de las primeras naves que alunizaron en los 60-; tiene forma de óvalo, es como un huevo acostado; mi asiento está en dirección frontal con la parte ancha del óvalo. Un cristal bastante ancho me permite tener una visibilidad de 80 por 60 centímetros. El interior tiene lo básico: algunos controles de emergencia, un sistema de comunicación, un traje espacial moderno bien doblado en una caja metálica;  bajo mi lugar hay un compartimento para transportar mi ropa y artículos personales; mi asiento es reclinable y me permite visualizar una pantalla pequeña, arriba del cristal frontal, de 25 centímetros aproximadamente, no para el entretenimiento, sino como una herramienta de comunicación y monitoreo del trayecto -Aclaro que estas naves no son piloteadas por el viajero, son controladas y dirigidas por la agencia espacial encargada de los viajes-. El asiento es bastante cómodo, permite estirarse completamente y descansar. Hay un botón digital que pone la nave en estado de descanso para provocar en el usuario la sensación neuronal de sueño y reposo. El viaje a la luna, en velocidad máxima 40 600 km/h tiene una duración de 24 hrs.

Después de tomar mi asiento y sujetarme con los cinturones de seguridad, la persona encargada de enviarme a la luna me desea “buen viaje” e informa que el trayecto es seguro, que estaré siendo monitoreado de principio a fin. Esto no es extraño para mí, como he viajado tantas veces a la luna, ya he memorizado el protocolo a la perfección. La señorita cierra la escotilla y una voz al interior de mi cápsula indica las recomendaciones en caso de emergencia y me desea un viaje exitoso y confortable. Termina diciendo “gracias por elegir agencia espacial luna de octubre“.

La nave enciende su sistema de despegue y una gran escotilla se abre en el techo de la estación. Puedo sentir como me elevo y tomo hiperimpulso. En el trayecto, dedico algunas horas a leer textos sobre meditación, el silencio y algunas metáforas sobre el despertar de la conciencia. Les comparto que, entrando al espacio profundo, se experimentan muchas sensaciones y emociones raras. Es algo verdaderamente único. Yo utilizo el momento para reflexionar lo que ha sido mi historia personal y el sentido que he dado a mi existencia. Les confieso, no es difícil centrar la atención en esos temas, cuando te encuentras solo, en la inmensidad del cosmos. La primera vez que viajé a la luna -aunque me prepararon psicoterapeutas, psiquiatras, doctores, astrofísicos, para tal experiencia- me costó asimilar la situación. Algunos viajantes me dijeron que experimentaron la sensación de perder la razón y síntomas de ansiedad; escuché que alguien se estresó tanto que tuvo que ser regresado a la tierra.

En mis últimas horas 2 horas de viaje tracé un sencillo itinerario para vivir en la luna:

  1. Dormir cuando sea necesario.
  2. Alimentarme adecuadamente siguiendo todas las recomendaciones de la agencia espacial.
  3. Hacer caminata lunar todos los días para mantener la condición física y así lograr permanecer un periodo más extenso en la luna -Hago resaltar que los viajes a la luna no tienen fecha de regreso, simplemente, el viajero puede decidir cuando volver, sin embargo, no depende totalmente de él o ella esa decisión, ya que las condiciones corporales juegan un papel muy importante y si el cuerpo comienza a deterioraste, se debe pedir el regreso de inmediato.
  4. Cada caminata lunar será al azar, sin planear un sitio específico o seguir una ruta determinada. Cuando crea que sea suficiente, me detendré y elegiré ese lugar para meditar y contemplar lo que hay a mi alrededor. Seré agradecido por estar con vida y llegar a ese punto de mi existencia.
  5. Seguiré una disciplina espontánea de interiorización que me permita enfocar la atención en mi, solo en mi. Dejaré pasar todos mis pensamientos hasta que mi mente esté vacía y pueda reconocerme tal cual soy, sin pasado y futuro, sin máscaras, sin deseo, sin sufrimiento. Así mismo, haré consciente todas las emociones que fluyan por mi cuerpo, dejándolas pasar, hasta que mi ser deje de estar perturbado por el sentir.
  6. Mi objetivo será descontaminar mi mente de las interpretaciones terrestres que la han enfermado, por ejemplo: la ilusión del éxito, de ser alguien reconocido, de pensar en seres sobrenaturales, creer en la vanidad y la riqueza, engañarme con la idea de las diferencias raciales entre blancos y negros, pensar que la felicidad tiene un precio, creer en la popularidad y en la fama como necesidad para sobresalir, en fin… trataré de desahogar mi mente de las interpretaciones absurdas y cómicas que reducen al ser humano a un simple objeto manipulable, sin libre albedrio.
  7.  Antes de dormir, dedicar un momento para contemplar el espacio y reconocer que soy un ser que requiere trabajar su ego y vivir de manera más humilde, disfrutando la sencillez de la vida.

El ambiente lunar facilitar enormemente esa sencilla rutina. El silencio profundo y la soledad provee un camino ideal para el contacto consigo mismo. Los trajes espaciales, aunque son una barrera necesaria para no contactar con la atmósfera lunar, si son una excelente herramienta para escuchar y sentir la respiración, señal inequívoca de vida y vehículo esencial para recordarme que debo aprovechar cada bocanada de oxígeno e invertirla en una vida armónica.

He llegado a la luna. Mi nave aterriza en una estación espacial que incluye, además del área de despegue, una sección con 100 habitaciones, las cuales, muy rara vez se ocupan en su totalidad. El único día en el año, que probablemente hay casa llena es el aniversario del “Primer hombre en la luna” (20 de julio de 1969), de ahí en fuera, como ya lo mencioné, a pocos o a nadie, le importa venir a la luna.

Soy recibido por personal de la estación espacial, me dan la bienvenida y la llave de la habitación que había solicitado. Es la número 78. Contiene lo necesario: una cama, una pequeño buró con dos cajones, el primero de ellos contiene el libro Robinson Crusoe de escritor Daniel Defoe. Además, hay un armario y un sanitario. En el espacio donde iría una pantalla televisiva, yace una pintura, a una altura de 2 metros, que describe el primer aterrizaje lunar en el 69: la nave espacial anclada a la tierra lunar y una escotilla abierta por donde se le ve de pie y saludando con su mano derecha al astronauta Neil Armstrong.

El viaje, aunque provechoso para la reflexión personal, fue exhausto. Me dispongo a descansar, mañana me espera un sendero para encontrarme conmigo mismo.

Hasta la próxima Nota del Autor.